viernes, 8 de julio de 2016

El curandero del dragón.



La música dejó de sonar. Con la delicadeza de un padre posó su instrumento en la pared y miró al cielo. La fresca brisa de la mañana y el contacto de su piel con el sol, le hicieron suspirar. Había sido un día agotador como todos los anteriores. Su aprendizaje cómo médico llegaba a su fin y las responsabilidades cada vez eran mayores, pero además no podía dedicarse a su música… su talento, tanto como le gustaría. Todo el día de un lado para el otro, tratando con personas de todo tipo, manteniendo el tipo… sus principios. Era agotador… pero al menos en esa pequeña azotea podía caer inmerso en la música durante unos minutos.
                -¡Vamos, no me digas que ya estás agotado! –Al oír su voz, sonrió y se giró- Aún no es ni la hora de comer.
                -¡¿¡Cuánto tiempo llevas ahí sentado!?! –le espetó con tono de enfado.
                -¿Acaso importa? Sonaba muy bien por cierto… ¿un nuevo tema quizás?
                -Oh cállate ya y dime a qué has venido. Tengo que… -la pequeña botella que calló en sus manos le interrumpió.
                -Bebe… -le dijo el maestro bajo su capucha.
Y así pasaron unos minutos… sin hablar, solo bebiendo bajo el cálido abrazo del sol, con toda la ciudad a sus pies. No hacía falta hablar, después de tantos años con solo mirarse la cara eran capaces de comunicarse.
                -¿Y bien? –Dijo él rompiendo el silencio- ¿me lo vas a decir ya?
                -Esa melodía tenía muchísimo sentimiento, me recordaba a alguien…
                -No pienso hacer una canción sobre ti si es lo que quieres…
                -No… -contestó con el dragón con una sonrisa- no me refería a mí. Me recordaba a alguien a quien le debo la vida. Una persona que conozco desde que era niño. Valiente, sincero, responsable… una persona que me tendió la mano y cuya lealtad jamás ha flaqueado. Alguien que no teme a nada ni a nadie, que no duda en salir a pelear por mí aunque ponga en riesgo su propia vida. Uno de los pocos hombres que conozco que aún lucha por un bien común y no por el propio interés. A él le debo agradecer haber pasado tanto a mi lado y haberme permitido el privilegio de corresponderle, para mí siempre será parte de mi familia.
                -¿Quién?
                -Tú, estúpido… -le contestó con una sonora carcajada- No cambies nunca… no dejes de tocar tu música, no permitas que tu corazón deje de dar al mundo tu humildad, tu coraje y tu pasión. Eres fuerte, eres tenaz, eres leal, eres ese héroe que yo jamás llegaré a ser. Así que compón lo que quieras pero que tu mejor melodía siempre sea la que narre la vida de aquel joven artista que con su música es capaz de curar el alma de toda la tierra.

Y sin decir más un golpe de viento se lo llevó, dejándolo solo en aquella azotea, con la fresca brisa de la mañana, con el abrazo del sol… con su música y su instrumento. 
A Cristóbal por esos 24 añazos recien cumplidos. Gracias por estos 18 añazos de amistad inquebrantable.

martes, 5 de julio de 2016

El viaje de las leyendas



El sonido de las olas apenas le relajaba. El viento… su fiel aliado se comportaba de manera extraña. La lluvia, liviana y lenta caía sobre su rostro como si de pequeñas lágrimas se tratase. Se acercaba el momento. La barca atracó en la playa con brusquedad. Antes de que el mensajero pudiera recoger sus cosas y bajar, él había desaparecido.
La ciudad que nunca duerme se alzaba ante sus pies, él la dominaba por completo, cada salto, cada atajo, cada edificio… ningún elemento podía hacerle frente. Cada impulso, cada paso, cada descenso era perfecto, pero él ni siquiera se había percatado de ello, solo corría y corría mientras la lluvia se deslizaba sobre su castaño pelo empapado.
Con el viento abrió las puertas, y con la velocidad del lobo se deslizó apresuradamente entre las habitaciones, en ese momento el decoro y la educación le importaban una mierda. Solo quería llegar a su destino.
Torció a la izquierda, luego a la derecha y por fin al final del pasillo la vio. Sin dudarlo se acercó y le miró a la cara. Los ojos de aquella que había superado a la muerte en sendas ocasiones le dieron la respuesta.
En silencio abrió la puerta y entró en la habitación… los pitidos de la máquina se habían adueñado del lugar dejando como única compañera una ligera y entrecortada respiración.
Su mano agarró con firmeza la de la durmiente guerrera. Lentamente conteniendo sus lágrimas besó su mejilla mientras sus ojos verdes buscaban un indicio de reconocimiento en una mirada vacía, desprovista de todo su ser, de toda su fuerza.
Allí estaba ella, legendaria guerrera superando toda esperanza. Demostrando que la voluntad de los humanos es la más fuerte de nuestras virtudes, enseñando que jamás hay que dejarse caer, incluso cuando los límites de nuestro cuerpo y mente no nos dejan continuar. Mostrando al mundo lo que era ser una auténtica maestra.
Sonriendo como si fuera de nuevo un niño, apretó su mano como hiciera años atrás y de entre su inmóvil rostro pudo entrever una sonrisa. El tiempo se detuvo. Ya había experimentado ese fenómeno anteriormente, el sonido de la máquina fue ralentizándose hasta detenerse, el color de la tierra se tornó a gris, y todo el planeta se paró.
Levantó su mirada y sorprendido miró a la anciana sentada frente a él.
                -Has venido una vez más.
                -Cómo dejarte…
                -Has estado toda tu vida cerca de mi… durante tu infancia, entre todos tus viajes, aun estando en plena guerra siempre encontrabas un momento para venir a verme. Incluso en estos últimos días has tenido el valor de estar a mi lado…
                -Tú hubieras hecho lo mismo.
                -Mi joven rebelde… mi aprendiz, mi capitán… mi pequeño…
                -No te vayas… por favor-dijo él dejando caer dos finas lágrimas.
                -Mi momento ha llegado, -le respondió la anciana mientras le acariciaba la mejilla con una sonrisa- lo sabes. No volveré y tú seguirás adelante. No debes llorar… pues nada debes temer o reprochar. Hemos pasado momentos maravillosos juntos, no hay nada que no te haya enseñado y que tú no hubieras aprendido. Ignoro que depara el futuro pero tú debes tomar las riendas ahora, eres el más fuerte de todos. Eres el maestro. Mírate… eres su viva imagen, él estaría orgulloso de ti, estoy segura.
                -¿Cómo hacerlo?
                -Eres un dragón… sabrás guardar y proteger a aquellos que en verdad valgan la pena. Nunca olvides quién eres y para que luchas. –Lentamente notó un peso entre ambas manos- Ahora ve y demuéstrales a todos de qué estás hecho muchacho.
El sonido de la maquina volvió a imponerse sobre el silencio y lentamente el mundo volvió a girar de nuevo.

Lentamente sus manos se separaron para siempre y tras un último beso, salió  de aquella habitación sin percatarse de las últimas palabras que su maestra pronunciaba al viento con una sonrisa: “Mi dragón, mi capitán, mi joven rebelde, mi aprendiz, el maestro… mi pequeño…”.